«Mis alumnos me han hecho llorar en clase»

«Mis alumnos me han hecho llorar en clase»
Mar Villasante
Los problemas de violencia se concentran en las aulas de secundaria
Madrid- «Gilipollas» es lo último que un alumno le ha llamado a Luisa Claver, profesora de inglés en un instituto del barrio barcelonés de Trinidad. En sus 20 años de docencia ha visto y oído de todo, sabe perfectamente a qué «público» se enfrenta cada día («los alumnos son los que son y ya está», dice), pero pide «tener a alguien detrás que me apoye». Y es que el profesor, a menudo, se enfrenta con «la indiferencia, la desidia y la falta de sensibilidad de los órganos de gobierno».
No hace mucho, una intervención quirúrgica le obligó a ir a clase con los ojos hinchados y la cabeza vendada, que se cubrió con un gorro. Uno de sus alumnos, ecuatoriano de los Latin King, empezó a increparla: «Me dijo que me quitara el gorro, que de qué iba, con esa cara, una cosa muy vejatoria». La profesora exigió que se le abriera un expediente por su conducta impresentable. Pero la respuesta fue que «eso lleva mucha faena».
Las permanentes agresiones verbales e incluso físicas que sufren muchos profesores pasan en demasiadas ocasiones con indolencia ya no sólo ante los órganos de gobierno de los centros, sino ante la inspección educativa de las administraciones, que tratan de evitar por todos los medios que el problema vaya a más. «Prefieren lavar la ropa en casa y que no se hable de esto fuera», puntualiza Luisa Claver.
El resto de los profesores, o la mayoría, también calla. Los interinos, porque están a disposición del director para renovar las plazas el curso siguiente o para que les reclamen en otros centros. Los fijos, para mejorar su horario. «¡Es todo tan mezquino en la profesión!», se lamenta Luisa. Ella, en concreto, asegura que no suele tener problemas de disciplina en las aulas, aunque «un sólo alumno te puede boicotear una clase de veinte». «No siento vergüenza, sino pena», apostilla.
El caso de Josefa López, nombre ficticio, es bien distinto. Ella es profesora en un instituto de la ciudad de Valencia, aunque lleva meses de baja laboral «porque no puedo soportar la presión que me genera dar clases al primer ciclo de la ESO». «El clima de trabajo es inaguantable», relata a SOS Bullying, un servicio puesto en marcha por el sindicato de profesores ANPE para ayudar a las víctimas de acoso escolar.
La situación de quien dice llamarse Josefa ha llegado hasta tal punto que «he salido de clase llorando varias veces. Por las mañanas, al llegar al centro, se me hacía un nudo en la garganta y me bloqueaba de tal modo que me resultaba insoportable entrar en clase».
Cuando, ya derrotada, fue al médico para solicitar la baja, pidió que no constara su enfermedad, puesto que se sentía «impotente y avergonzada, como adulta y con un título universitario». Y lanza un mensaje desesperado: «Si no cambian las leyes sobre enseñanza y se preocupan de los docentes, la educación en nuestro país acabará con graves problemas, puesto que los profesores no podemos, ni merecemos, trabajar así».
Por el contrario, Luisa asegura que ha tenido rabia, nunca vergüenza, por la nula respuesta de una inspección. «Lo único que les importa es no tener problemas, y la única sanción que ponen es que el alumno diga que se va a portar bien, así que le sale gratis», explica . Esa impunidad permite que los estudiantes conflictivos campen a sus anchas. Con el problema añadido de que los padres tienden a ponerse de parte de sus vástagos: «Se les llama y no vienen, aunque a veces es casi mejor, porque acaban culpabilizando al profesor», cuenta la profesora de Barcelona que, a su vez, recuerda que «hace dos años vino el padre de uno y agredió al jefe de estudios», o que «a un profesor de inglés le destrozaron el coche». Para muchos docentes, utilizar el transporte público supone una garantía de que no la emprenderán a golpes y rayajos con sus vehículos.
Con este ambiente laboral, el número de bajas se dispara. En general, los problemas que afrontan los profesores en las aulas siguen un mismo patrón, como el que relata otro de los docentes que recurrió al asesoramiento de ANPE: «Soy profesor interino en un instituto y desde mi llegada al centro tuve problemas para dar clase. Una buena parte de los alumnos no paraban de hablar, se levantaban cuando querían y no había manera de hacerles entender que yo estoy allí para ayudarlos a aprender. Traté de hablar con los alumnos más conflictivos, traté de ponerme serio y nada dio resultado».
El docente en cuestión abordó la cuestión con sus compañeros: «todos más o menos tenían problemas con los mismos alumnos, pese a que iban tirando, no sin salir frecuentemente nerviosos, medio afónicos...». «El tutor -prosigue- me dijo que trataría de hablar con los padres, pero que la mayoría eran familias que no respondían o que no podían controlar a sus hijos. Sólo consiguió hablar con una madre, que le explicó que desde que se había separado no sabía con quién iba, en definitiva, que no lo podía controlar». El resto de las familias, ni tan siquiera acudieron al centro. De nada sirvió la expulsión de dos de los alumnos, «han vuelto con una actitud más chulesca todavía». Así que, adelanta el profesor, «yo lo tengo claro, el año que viene intentaré por todos los medios no trabajar en este centro». «Me cansa escuchar tanto hablar de integración, de tolerancia, de derechos de los alumnos... ¿y los alumnos que tienen ganas de aprender y trabajar?».
Luisa Claver incide en este contexto y asegura que los chavales «se han dado cuenta de que la mayoría de las veces sus conductas quedan impunes. Tienen derechos, por supuesto no deberes, y si pasa algo dicen “ah, pues le denuncio”».
«Ahora son los menores los que tienen todos los derechos, a los adultos nos pueden pisotear, insultar y vejar y no ocurre absolutamente nada», conviene otra profesora, que asegura estar cansada de escuchar que los únicos que sufren acoso escolar son los alumnos por parte de sus propios compañeros, cuando también los hay «que nos hacen la vida imposible». «Muchos docentes estamos cansados de alumnos maleducados, que son incapaces de comportarse debidamente en sociedad y simplemente se dedican a molestar, insultar, vejar y hacer insoportable la vida a sus compañeros y profesores», añade.
Un problema que, en su opinión, deriva de la «pésima educación que muchos padres dan a sus hijos, para que el niño no le moleste le dan todo lo que piden y así maleducan y forman a personas egocéntricas incapaces de ponerse en la piel de la otra». Un problema que, a su juicio, se solucionaría con la apertura de «escuelas para padres» en las que personas especializadas o psicólogos muestren a los padres el debido camino a seguir para conseguir la adecuada educación de sus hijos. Propuestas no faltan, aunque todos los profesores inciden en que es toda la sociedad la educa.
http://www.larazon.es/noticias/noti_soc30806.htm
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Ana dijo
¿Cuánto puede aguantar la mente humana a las contínuas humillaciones públicas, insultos, faltas de respeto y retirada de autoridad? cada día al llegar al trabajo en infierno se cierne sobre mí en cuanto entro por esa puerta verde, llena de arañazos y patadas de mis alumnos. Intento ser fuerte y resistir un día más comportándome como un auténtico policía. Es cuanto puedo hacer, intentar que no se maten, al menos estando yo presente e intentar protegerme a mí mismo de sus posibles ataques. Hasta ahora, únicamente son amenazas verbales pero tal y como crecen, pronto llegarán las agresiones físicas. Cada día estoy más cerca de ello y la impotencia por no recibir ayuda de ningún tipo, hace que me cuestione si realmente sirvo para este trabajo. Lamento mucho, muchísimo, no poder atender debidamente a los 4 alumnos que valen la pena, pero dadas las circuntancias, lo único que puedo hacer es preocuparme de que sus vidas no corran peligro en medio de tanta "chusma" que les rodea, en lugar de dedicarme a su enseñanza. ¿Hasta dónde vamos a llegar? acabamos de empezar el curso y ya tengo ganas de que termine, hay momentos en los que mi mente se rinde por completo y lo da todo por perdido. Prefiero no revelar mi edad, porque por mis palabras parece que lleve toda una vida dedicándome a esto y la verdad es que acabo de empezar, me quedan muchos años por delante y todo el empeño, las ganas y la voluntad con la que salí de la carrera se han marchitado en el momento en que pisé esa clase. Intento no meter a todos los alumnos en el mismo saco pero últimamente, mire donde mire, no dejo de ver lo mismo entre nuestra juventud.
30 Septiembre 2009 | 06:03 PM