Profesores perplejos
Profesores perplejos
Sabíamos que las buenas noticias no son noticia y que, por eso, los esfuerzos cotidianos de profesores y alumnos no tendrían ningún atractivo para los focos. Nos parecía bien, porque en silencio se trabaja mejor. Pero ocurre que, últimamente, salimos -nosotros y nuestros alumnos- todos los días en periódicos y telediarios.
De repente, actitudes violentas esporádicas y, con más frecuencia, incidentes nimios entre adolescentes en el recreo o faltas de respeto al profesor merecen un tratamiento, sensacionalista, que tiende a difundir la especie de que la escuela vive en un régimen de terror.
Esta sociedad agresiva, competitiva e hipócrita que formamos todos ha descubierto el «acoso escolar», y el descubrimiento ha provocado «alarma social» y una cierta dosis de paternalismo barato e indigesto.
Permítannos expresar nuestra perplejidad. Adultos de todas las edades saben que siempre ha habido en la escuela un cierto grado de violencia: la presión psicológica en los internados hacia los alumnos, las novatadas entre éstos, los motes humillantes a profesores y compañeros, las rimas satíricas que etiquetaban de por vida... Pero no se había inventado el «bullying». Ahora que lo conocemos nos dedicamos a hablar de los adolescentes como ignorantes satisfechos, cuando no como delincuentes en potencia, y nos complacemos en presentar a los profesores (a todos los profesores: si son casos aislados, no hay noticia) como pobres hombres carentes de los más elementales recursos de autoridad.
Sólo hay algo peor que una escuela en crisis, como la que vivimos: una escuela convertida irresponsablemente en espectáculo mediático.
Hemos dicho crisis: la escuela está en transformación y a nadie le consuela vivir en y de la incertidumbre. A la falta de respeto del alumnado (el respeto es un valor que cotiza poco en nuestra sociedad), se unen la inexplicable complicidad de algunos padres con ciertas conductas de sus hijos, la falta de normas claras en la política educativa y el aplauso que el «malvado precoz» obtiene a diario en los medios de comunicación.
Los profesores actuamos contra corriente, porque en eso consiste, en buena medida, educar; y, así, decimos «no» a determinados comportamientos de los adolescentes, sabedores de que ese «no» es una respuesta insólita en su vida diaria (¿por qué tenemos la sensación de que fuera de la escuela nadie les niega razonadamente nada?).
También tratamos de que los alumnos (además de exigirles cosas tan impopulares como la desconexión en clase de los artilugios electrónicos de que vienen equipados) aprendan a ser responsables y a amar el trabajo diario, la expresión correcta y educada o las normas que rigen un debate respetuoso. No es fácil, pero sabemos a qué nos dedicamos.
Nos gustaría mucho contar con más colaboración de las instituciones y de las familias, y no soportar tanto ruido informativo.
Cuando se abordan los problemas de la educación con estética de reality show se le hace un flaco favor a la escuela, uno de los principales activos de la sociedad democrática. Por favor: absténganse arbitristas, tertulianos impetuosos e improvisadores de toda laya.
Piedad Santiago Corvillo y 262 firmas más. Madrid
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